De entre todas las pantallas, es la más universalizada. El celular ocupa un lugar privilegiado en los hogares, es parte de la vida diaria, atraviesa las relaciones, el encuentro con el otro, el modo de estar y sentir el mundo. De esta manera, quedan conformados otros escenarios para la experiencia infantil, otros mediadores de la imagen del cuerpo, del lazo social y del sí mismo.
Así lo plantean las licenciadas en Psicomotricidad María Alejandra Carbajo, Olga Balteiro y Mariana García, quienes elaboraron su tesis de grado en base a esta temática, abordándola desde la mirada de la Psicomotricidad.
“Desde el rol profesional, nos detuvimos ante este fenómeno, precisamente la falta de movimiento, la quietud del cuerpo, el movimiento vacío, atrapado, la falta de diálogo tónico-postural frente a un aparato que fascina, atrapa, engancha y convierte al niño en espectador alejándose de ser sujeto de acción. Observamos que hoy los padres reducen las oportunidades de juego y experiencia infantil, controlan los movimientos, deseos y acciones con las pantallas”, explican.
En este contexto ¿podemos solo reducirnos a las conjeturas de si es bueno o malo el celular? ¿Cómo podemos develar el trasfondo en estas escenas actuales? ¿Cuál es el rol del psicomotricista ante la quietud de la crianza mediada por una pantalla?
“Cargado de afectividad”
A partir de los datos obtenidos con la investigación, las autoras construyeron algunas ideas muy interesantes. Por ejemplo, concluyen que el celular es introducido en el vínculo por parte del adulto cuidador y que, por lo tanto, está cargado de afectividad. “Más aún, en este acto se le otorga al celular funciones, una de ellas acallar la demanda del niño. A la vez facilita la “distracción” de la función parental. El adulto cuidador que brinda al niño este objeto experimenta sentimientos de culpa, incertidumbre y confusión. En la actualidad los padres se presentan extenuados, desorientados y cansados. Por todo lo anterior consideramos que el celular adquiriría un lugar de “co-participante” en la crianza”.
El celular es definido como un objeto de época y sus características lo convierten en un objeto adictivo, que atrapa y fascina. Es a partir de ahí que se entretejen situaciones que atrapan, por lo tanto, podemos hipotetizar que tanto (a) padres como (a) hijos (y) quedan “conectados a la vez que desconectados”, produciendo un “atrapamiento mutuo”.
No positivo
La investigación concluye que el celular no es un objeto pertinente a dar al niño en el período de la protoinfancia (0 a 3 años), ya que no posibilita los procesos subjetivos y la acción transformadora y generadora de significación, desde el movimiento que lo pone en relación con el ambiente. En su lugar el celular fascina e inmoviliza al niño, al tiempo que lo aísla y desentiende a sus adultos. Y las autoras aclaran, además, que, cuando se encuentran con escenas clínicas de niños frágiles, vínculos débiles, carencia afectiva, sociedades consumistas, y padres desorientados, el celular podría generar estragos.
“Es necesario reconocer que en esta etapa el niño se constituye y asienta las bases de su desarrollo y es a partir de su motricidad que sobreviene su pensamiento, sus emociones. Frente a estas escenas, nos sentimos convocadas a intervenir e involucrarnos, a no quedarnos quietas. El movimiento retornará en la medida que el adulto permita la experiencia infantil, esté atento a las necesidades de su hijo, sea empático y reflexivo, sin quedarse en el lugar cómodo ante lo que lo excede, refugiándose en el no saber, sin implicarse en la escena infantil”, finalizan.