Soltar la mano de nuestros hijos para
dejarlos en un Jardín de Infantes es, tal vez, uno de los momentos de despegue
más fuertes. Es el primer sitio, por fuera del ámbito familiar, en donde
depositamos su seguridad y sus ganas de explorar el mundo. Y para quienes
tienen hijos en situación de discapacidad, la llegada al jardín muchas veces se
vive como un salto al vacío. ¿Qué hay abajo? ¿Cómo será el golpe?
Nos propusimos hablar de esto en el Día
de los Jardines de Infantes, y para ello charlamos con Adriana, una directora
que, desde sus inicios como estudiante, supo que la inclusión era una necesidad
y una obligación:
¿Qué
es realmente la inclusión en el ámbito escolar?
El de estudiante es un oficio que se
empieza a construir cuando el niño inicia el Jardín de Infantes, y la
asistencia sostenida a la escuela es parte de esa construcción. La inclusión es
garantizar que el niño pueda aprender en igualdad de oportunidades, otorgándole
posibilidades desde escuela-familia-y otras entidades, para lograr que las
cosas sucedan, que haya verdaderos aprendizajes.
¿Cómo
se trabaja con el miedo y la
incertidumbre de los papás?
Es muy difícil trabajar con la angustia
que tienen los padres cuando deben pedir que incluyan a sus niños en la escuela
común. Y entonces es bueno ponerse
en el lugar del otro y ofrecer posibilidades. A estos papás, y a todos, les
digo que el niño en situación de discapacidad es el que más debe venir a la
escuela. No da lo mismo que no venga. Como directiva debo garantizar que la
familia también esté haciendo todo lo que le corresponde. Yo no comprendía por
qué los papás se rendían tan fácilmente, y me explicaron que hay que elaborar
esta situación de aceptación, y eso lleva un tiempo que coincide casualmente
con el período del jardín, momento en que deja de ser “el hijo de” para ser un
ciudadano, un alumno de una escuela junto con otros. Andar el camino lleva su
tiempo.
En
este sentido, ¿cómo se posicionan la escuela y los docentes ante la inclusión?
Dentro de la autonomía relativa que
tenemos las escuelas, nosotros generamos un proyecto de inclusión, se
establecen acuerdos intrainstitucionales: cuales serán las acciones del
docente, del directivo, etc. Al
director le compete conocer ampliamente toda la normativa, apoyar y acompañar
al docente, generar los espacios de encuentro con las instituciones que se
acercan a la escuela. El docente, en tanto, debe crear un vínculo afectivo, si
eso no existe, probablemente las otras cosas no se den. A la vez, quien viene a
la escuela a trabajar con nosotros como docente integrador debe venir a ofrecer
apoyo a la institución y al docente, no a hacerse cargo del niño. Este profesional
que llega desde afuera para nosotros es una potencia, porque viene con un saber
distinto al nuestro, y evidentemente viene a sumar. Es decir, la inclusión es
una responsabilidad compartida entre el docente, el integrador, el centro y la
familia. Cada una de las partes es una pieza fundamental si queremos que algo
suceda en materia de aprendizaje.
¿Con
qué barreras y sorpresas gratas te encontrás?
Toda la mi experiencia en inclusión
tienen gratísimas y emocionantes sorpresas.
El niño te sorprende. Hay que tratar de pensar en lo que puede llegar a ser; si
partimos desde ahí, no tenemos techo. Hay que entender que el jardín, la
mayoría de las veces, es la única forma de inclusión, no tienen otra
posibilidad. Ejemplo: tuvimos un niño con hipoacusia que, lejos de ser una
limitación, se convirtió en una potencia, porque los demás aprendieron lenguaje
de señas. Es fantástico cómo podemos ampliar el horizonte, ampliar la mirada.
¿Qué
le dirías a colegas de otras instituciones donde la inclusión aún es una
materia pendiente?
Que la escuela es una oportunidad para
trabajar desde otro lugar. Todos podemos hacer un montón de cosas, lo
importante es descubrir qué. Debemos bregar por una escuela heterogénea. Hay
que ponerse en el lugar de los papás, porque nadie está exento. Cuando se
integra un estudiante en una sala, no es la docente la que lo integra, es toda
la escuela.